Ya solo quedan siete…
¿Cómo no hablar de este tema siendo guía en Valparaíso?
Lo primero que puedo decirles es que hoy quedan muy pocos ascensores funcionando. Y es una verdadera pena. Creo que ese mismo sentimiento lo comparten la mayoría de los porteños.
¿La razón?
Cuando llegué a Chile, en 2010, todavía había trece ascensores en servicio. En 2026 solo quedan siete. Para una ciudad cuyos ascensores son uno de sus símbolos más emblemáticos, esta lenta desaparición resulta realmente dolorosa.
Antes que nada, vale la pena hacer una aclaración. Aunque en Chile todos los conocemos como ascensores, en realidad se trata de funiculares. Su funcionamiento es muy sencillo: mientras un carro sube, el otro baja, compensando el peso y reduciendo considerablemente el consumo de energía. Es un sistema tan ingenioso como eficiente, perfectamente adaptado a la geografía de Valparaíso.

¿Por qué se construyeron?
Para entender su historia hay que remontarse a la época dorada de Valparaíso.
Durante el siglo XIX, antes de la inauguración del Canal de Panamá en 1914, todos los barcos que unían Europa con la costa pacífica de Sudamérica debían rodear el Cabo de Hornos. Gracias a ello, Valparaíso se convirtió en uno de los puertos más importantes del Pacífico Sur, comparable a ciudades como Liverpool, Hamburgo o Marsella en sus respectivas regiones.
Chile también vivía una época de gran prosperidad gracias al salitre natural, conocido entonces como el "oro blanco". Este mineral era indispensable para la fabricación de fertilizantes agrícolas y también se utilizaba en la industria de los explosivos. Su exportación se realizaba casi exclusivamente por vía marítima, lo que reforzó aún más la importancia estratégica del puerto.
Esa prosperidad atrajo a miles de inmigrantes británicos, alemanes, franceses, italianos, españoles, croatas y estadounidenses, entre muchos otros. Todos ellos contribuyeron al extraordinario desarrollo económico, cultural y arquitectónico de la ciudad.
En aquella época, Valparaíso era la ciudad más moderna de Chile. Fue la primera del país en contar con:
- una Bolsa de Comercio;
- alumbrado público a gas;
- la primera biblioteca pública;
- el primer Cuerpo de Bomberos de Chile, fundado en 1851 y motivo de orgullo para los porteños hasta el día de hoy;
- y el periódico El Mercurio de Valparaíso, fundado en 1827, considerado el diario en español más antiguo del mundo que sigue publicándose de manera ininterrumpida.
También fue la cuna de los primeros clubes deportivos modernos del país. Entre ellos destaca Santiago Wanderers, fundado en 1892 por la comunidad británica y reconocido como el club de fútbol más antiguo de Chile.
Fue en este contexto de prosperidad cuando, en 1883, se inauguró el Ascensor Concepción, el primero de la ciudad y uno de los primeros funiculares de América Latina.
Los primeros ascensores funcionaban con máquinas de vapor. Solo años más tarde fueron electrificados progresivamente. Si pensamos que algunos de sus mecanismos tienen más de cien años y siguen funcionando, resulta fácil comprender por qué son considerados auténticas joyas de la ingeniería.
Una ciudad construida sobre cerros
Entre 1883 y la década de 1930, Valparaíso llegó a tener cerca de treinta ascensores.
Es un caso prácticamente único en el mundo.
Muchas veces se compara Valparaíso con Lisboa por sus funiculares. Sin embargo, la capital portuguesa conserva solo tres líneas históricas en funcionamiento, mientras que Valparaíso llegó a tener casi diez veces más.
La explicación está en su geografía.

La ciudad fue construida entre el océano Pacífico y más de cuarenta cerros.
Tradicionalmente se distinguen dos sectores: El Plan, donde se encuentran el puerto, el comercio, los bancos y los edificios públicos; y los cerros, donde históricamente vivía la mayor parte de la población.
A finales del siglo XIX no existían automóviles, buses ni calles adaptadas para subir las empinadas laderas. Las escaleras ya estaban allí, por supuesto, pero recorrerlas todos los días era agotador. Los ascensores ofrecían una solución rápida, cómoda y segura. Quien no los utilizaba debía subir caminando… o a caballo, e incluso en mula.
Durante décadas, estos ascensores fueron un verdadero medio de transporte público. Miles de personas los utilizaban cada día para volver del trabajo, hacer compras o llevar a sus hijos al colegio.
En aquella época, nadie imaginaba que algún día se convertirían en uno de los principales atractivos turísticos de Valparaíso.
La mayoría lleva el nombre del cerro al que da acceso: Concepción, Artillería, Cordillera, Florida o Polanco. Otros recuerdan antiguas actividades económicas desarrolladas en sus alrededores.
Al subir a una de sus cabinas de madera barnizada, muchas de ellas originales, uno tiene la sensación de viajar en el tiempo.
Y algunas líneas presentan pendientes superiores al 50 %, lo que convierte el trayecto en una experiencia inolvidable para cualquier visitante.
¿Por qué quedan tan pocos?
Son varios los factores que explican la desaparición progresiva de los ascensores de Valparaíso.
En primer lugar, el puerto perdió gran parte de su importancia internacional tras la apertura del Canal de Panamá en 1914. A ello se sumó la crisis del salitre natural chileno, que fue reemplazado gradualmente por fertilizantes sintéticos desarrollados a comienzos del siglo XX. La economía de la ciudad dejó de vivir la prosperidad que había conocido durante décadas.
A esto se añadieron otros factores:
- la aparición de los autobuses, los colectivos y los automóviles;
- el envejecimiento de unas infraestructuras construidas, en su mayoría, a finales del siglo XIX;
- normas de seguridad cada vez más exigentes;
- y una gestión privada que ya no podía asumir el elevado costo de las restauraciones necesarias.
Poco a poco, muchos ascensores fueron cerrando sus puertas.
Un rescate que tarda en dar resultados
A comienzos de los años 2000, la Municipalidad de Valparaíso y el Estado chileno decidieron adquirir varios ascensores para preservar este patrimonio único, especialmente después de que el casco histórico de la ciudad fuera declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2003.
La intención era excelente.
La realidad, lamentablemente, ha sido mucho más compleja.
Mantener en funcionamiento un funicular con más de cien años de historia no es una tarea sencilla. Requiere un mantenimiento permanente, piezas fabricadas especialmente para cada instalación, estrictos controles de seguridad e importantes inversiones.
Aunque hoy el Estado es propietario de la mayoría de los ascensores, su administración sigue siendo complicada. Diversos organismos públicos intervienen en los proyectos, los procesos administrativos son largos, las licitaciones retrasan el inicio de las obras y las restauraciones pueden prolongarse durante años.
El resultado es paradójico.
A pesar de las decenas de millones de dólares invertidos, hoy funcionan menos ascensores que cuando el Estado comenzó a comprarlos.
En 2008 todavía había catorce en funcionamiento.
En 2026 solo quedan siete.
Uno de los ejemplos más representativos es el de los ascensores Monjas, Villaseca y Florida. Su restauración comenzó en 2019, pero la pandemia del COVID-19 paralizó las obras. Después vinieron el aumento de los costos, los cambios de empresas contratistas y la renegociación de contratos.
Varios años después, estos ascensores siguen esperando volver a recibir pasajeros.
Un patrimonio vivo… pero frágil
Cada año el tema vuelve a aparecer en el debate público. Cada nuevo gobierno promete recuperar los ascensores de Valparaíso. Sin embargo, los avances siguen siendo mucho más lentos de lo que todos esperan.
Y es una verdadera lástima.
Porque estos ascensores no son simplemente una atracción turística.
Son parte del alma de Valparaíso.
Cuentan la historia de una ciudad que fue una de las más prósperas de Sudamérica, de un puerto abierto al mundo y de generaciones de porteños que supieron adaptarse a una geografía tan espectacular como desafiante.
Mi mayor deseo es que algún día estos ascensores vuelvan a ocupar el lugar que siempre tuvieron en la vida cotidiana de los porteños.
Porque la mejor manera de proteger un patrimonio no consiste únicamente en restaurarlo.
Consiste, sobre todo, en seguir utilizándolo.
Y no hay mejor recompensa para un guía que ver a un visitante subir por primera vez a uno de estos históricos ascensores y escuchar, al llegar a la cima:
«¡Qué maravilla!»
En ese momento uno comprende que los ascensores de Valparaíso son mucho más que un medio de transporte.
Son una auténtica máquina del tiempo.



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Ven a conocer los ascensores
Nuestro recorrido a pie sube en los ascensores que siguen en servicio y recorre los cerros para los que fueron construidos.